Si. Como 52 son las semanas, las que he visto pasar, año a año, sin percatarme que el tiempo contado así... no pudre aún mi deseo de vivir.
Como 52 son las cartas de la baraja, esa que sirve a los adivinos, jugadores y jubilados para matar el tiempo en cada partida de solitario.
52. Como llegar a este carrusel de días, que contamos para apagar unas velas que ya no caben en la superficie de una pequeña torta.
Siempre quise llegar a este momento. A este lugar. Con este "aqui y ahora" de certidumbres y espacios que te permiten mirar sin desdén lo vivido y sin aliento desesperanzado el futuro. Quizas porque entre el "he amado y me amaron" sigue siendo el corazón mi mayor conexión con la vida y el principal motor de lo que hago y pienso. Alli donde he encontrado respuestas a la fé que me he impuesto y en el que surten resoluciones a mis preguntas básicas.
52. Con la sapiencia necesaria para poder decir que sigo siendo un ignorante de la vida y con la curiosidad exploradora de un niño que sale de casa a jugarse la vida, en esta "escuela de humanos", a por lo lección diaria de tropezones y sonrisas. Ese niño de corazon rasgado, pero no roto, al que no le basta la caparazon de tortuga para habitarle, pero si su andar lento de prisa. Curioso ante la duda y tozudo ante la contingencia.
52. Que pesan valiosos, pero no incomodos. De ese proporcional al desanimo que los otros van arrastrando y sereno ante el reposo solitario de noches extendidas en madrugadas perezosas al andar. De despertares silenciosos e independientes con la gratitud diaria, necesaria ante el milagro de la vida.
52 actos con cientos de escenas. Obras de recordar y otras de olvidar, seguramente. Pero ninguna vivida en vano. Acumulando experiencias para compartir y grabando conceptos para enseñar. Para ver como el mundo se resuelve por el consumo y lo experiencial y yo sigo aqui creyendo incolumne que vale mas saber profundamente, y que de a pocos resulta siendo mucho mas de lo que me propuse aprender.
No hay balances, ni estado de pérdidas y ganancias, porque siempre he creido que la vida misma es en si un regalo de ganancia ocasional. Uno de esos que hay que aprovecharlo mientras dure y que recibes confiado porque sabes que es tuyo y no para otro. Asi vivo cada momento, sin la mezquindad de un avaro, ni con el cálculo planificador de un mercenario. Mas bien procuro asentar los pies, cuando bajo de la cama, con la fé perdida y con cada jugo de naranja, que me recuerda la fe renovada en la obra que me entregaron mis mayores.
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